sábado, 10 de septiembre de 2011

LA POSTMODERNIDAD.


LA POSTMODERNIDAD


Carlos Tartaj Sánchez


La réplica a la Modernidad viene ya de lejos. Comienza con el
Romanticismo, un movimiento que apuesta por la nostalgia ya que no
pretende superar al modernismo hacia adelante sino la vuelta a
tiempos pasados, la Edad Media.
Es en nuestro siglo cuando la reacción antimodernista va a tomar
un cariz más frontal y con cierta notoriedad. Se inicia con el
protagonismo de un grupo de escritores, J. Joyce, E. Ionesco, T. Eliot
y S. Beckett. El vacío espiritual, el sin sentido, la vulgaridad, la miseria
humana, el cambio de una vida del bien-ser por la del bien-estar que
nos está proporcionando el vivir moderno, son temas constantes y
repetidos en sus diferentes escritos y alegatos.
Numerosos filósofos de esta época describen el mundo moderno
como un mundo sin rumbo. E. Mounier declara que su momento
histórico coincide con el final de un «ciclo de civilización». Los
beneficios de la Modernidad no han compensado los prejuicios.
Vivimos en un mundo en el que «nadie sabe a donde va, se ha
confundido la libertad con la insolidaridad con los demás».
R. Guardini denuncia que «el hombre moderno está desalojado del
centro del ser». Las ciencias intentan continuamente introducirle en
categorías mecánicas, biológicas, psicológicas y sociológicas que no
le pertenecen. El resultado es claro, «se habla del hombre, pero no se
le ve; se va hacia él, pero no se llega; se le encierra en estadísticas,
se le enmarca en organizaciones, se le manipula para ciertos fines,
pero siempre se asiste a un extraño y grotesco espectáculo cuyo
protagonista es un fantasma».
También en la calle está presente la desconfianza y la crítica al
mundo moderno. Su manifestación es nueva y provocadora. Hippies,
beatniks, provos y, sobre todo, los estudiantes de Paris en el Mayo del
68, son los protagonistas de esta contestación. Coinciden en el
desprecio a un mundo que no les gusta, vacío y sin encanto, falto de
calor humano, sin referencias. Algunos filósofos jóvenes escriben
sobre «la pérdida metafísica de hogar» en la que el hombre moderno
se encuentra.
Muchos sociólogos del momento, al hacer análisis descriptivos y
comparativos de las encuestas, coinciden en afirmar que, en el
ciudadano de cualquier país moderno, pertenezca a uno u otro ámbito
político, con muros o sin muros, existe una tremenda desconfianza
frente al papel del Estado. Éste no sirve al ciudadano de a pie, más
bien, oprime y explota. Se le siente lejano e insensible a los problemas
de cada día. Se le teme como controlador por sus reglamentaciones,
voraz en sus impuestos. Se le ve como ojo vigilante que le dicta
normas, lo que tiene que hacer, pensar y hasta el modo de divertirse.
Hoy la contestación a la Modernidad la protagoniza la
Postmodernidad. Este movimiento se ha convertido en un talante de
época, ha invadido todos los sectores de vivir y sentir. Todo es y se
dice postmoderno aunque lo dicho y su aplicación sean
compIetamente distintos.
En lo que coincide toda Postmodernidad es en la crítica y rechazo
de la Modernidad. Las raíces de la razón moderna son puestas al
descubierto y se detecta que en su racionalidad existe una tremenda
irracionalidad; que el fundamento del progreso está viciado; que las
esperanzas e ilusiones que propone la época moderna están
cimentadas en el engaño.
Este rechazo general tiene modalidades, enfoques y perspectivas
muy diferenciadas. Esto hace que sea muy difícil catalogar los
movimientos postmodernos. Yo me voy a limitar a describir la
Postmodernidad del desencanto o la post-ilustración de los
postmodernos. Es el movimiento de autores como Lyotard, Vattimo,
Lipovetski y Rorty entre otros. Dividiré el estudio en tres partes: en la
primera, describiré las características de la Modernidad; en la
segunda, la crítica que de ella hace la Postmodernidad; y en tercer
lugar, el hombre y la sociedad que aparece en la Postmodernidad del
Desencanto.


1. Características de la Modernidad

1.1. La razón subjetiva nuevo centro explicativo de la
realidad
MODERNIDAD/CATAS: Con el «cogito ergo sum» de Descartes, la
interpretación tradicional del mundo sufre una transformación total. Ya
no son como antaño el arjé, ni Dios, los centros donadores de sentido.
El nuevo eje, quicio, desde el que se explica la realidad va a ser la
razón. Puedo decir que las cosas son porque las pienso y son porque
puedo pensarlas. La ley de las cosas es la razón. La razón es la que
decide el existir de las cosas.
Hay un nuevo Señor y Legislador: el Pensamiento. Es el dador de
sentido, el que pone reglas y orden, el que decide lo que es y lo que
no es en las diversas esferas del vivir humano. Para hablar del
mundo, de la sociedad, del hombre y de Dios hay que hacerlo desde
la racionalidad, ella es la garantía de realidad y el criterio de verdad.
Kant va a decirle al hombre moderno: «Atrévete a usar la razón».
Es el único modo de salir de la «minoría de edad» en la que el ser
humano ha permanecido durante tanto tiempo. «La máxima de pensar
por sÍ mismo: eso es la llustración».
Toda su investigación filosófica, la crítica a la razón, el análisis de
los juicios, están afirmando algo muy sencillo, el noúmeno es
incognoscible, el fenómeno sí. El objeto en sí no es objeto de
conocimiento sino en cuanto se provee de las condiciones del
conocimiento y, como estas condiciones las aporta el sujeto, es éste el
que hace que la cosa en sí se convierta en objeto de conocimiento.

1.2. La razón científico-técnica
La razón tiene sus razones y métodos diversos pero una de ellas
va a imponerse por encima de todas ellas. La razón moderna por
excelencia va a ser la Razón Científico-Técnica. La nueva tarea del
hombre moderno es llevar este tipo de razón científico-técnica, como
única razón, a todos los campos del pensar y el hacer.
Eficacia y utilidad son los símbolos modernos. Planificación, control
social, burocracia, significan racionalidad y logro humano.

1.3. El progreso
El hombre pre-moderno pensaba que la historia se sostenía y
cobraba sentido en el acto creador e institucional, el fondo fundaba y
explicaba el futuro. El hombre moderno, en cambio, defiende que es el
futuro el que explica el presente. Todo está por hacer. Concordet dirá:
«Habrá un tiempo en que el sol brillará en una tierra de hombres libres
que no tendrán más guía que la razón»,. Esto es el Progreso.
Desde esta perspectiva progresista todo cambia. La historia es una
historia lineal, de lento pero inexorable avance. Es una historia de
emancipación humana individual y colectiva, de victoria sobre la
ignorancia, la enfermedad y todo tipo de explotación. Con un
protagonista único, el hombre. El trabajo dirigido por la ciencia será el
medio de realización de este progreso. El estado el garante de este
desarrollo racional y armónico.
Las discusiones del «cómo» llegar a ello serán interminables y
contrarias, principalmente entre las teorías marxistas y las burguesas
capitalistas, pero en todos ellos existe la convicción clara del «que se
puede». Todos los hombres modernos, sean del signo que sea, se
sienten incorporados con entusiasmo a la gran marcha de la Historia.



2. Crítica de la Postmodernidad a la Modernidad

La critica postmoderna va dirigida contra todo aquello que da
sentido a la Modernidad, el modelo de razón utilizado, los valores, el
tipo de hombre y sociedad que defiende. Pone en solfa los logros
materiales alcanzados en esta época.

2.1. Progreso como explotación
PROGRESISMO/CRITICA: La Modernidad ha vivido en la
exaltación y en la mitificación del progreso. Ciertamente, las
sociedades modernas, por medio de los adelantos científicos y la
planificación económica, han logrado un alto nivel de bienestar pero a
costa de la explotación de hombres y países. ¿Qué queda del
optimismo histórico del progreso frente a la tremenda crisis
económica? ¿Garantizan la ciencia y la tecnología una vida segura en
medio de la carrera armementística y los desastres ecológicos e
industriales? ¿Qué tiene que decir el ideal de Fraternidad en una
situación de guerras mundiales, de campos de exterminio, de racismos
Y nacionalismos fundamentalistas?
El hombre moderno ha vivido en el engaño y en el cinismo ya que
defendía valores como la justicia, la solidaridad, pero no le importaba
traicionarlo todo en función de vender o comprar al precio que fuese.
No importaban los medios si se conseguía el fin.
Y la verdad es que el progreso que se defendía no era tan
desinteresado, ni la razón tan objetiva. En el fondo, todo era
dominación. La razón que pretendía ser la «diosa razón», liberadora
del hombre, acaba dominándolo.
La historia no ha tenido el final feliz esperado, ha sido una historia
manipulada y manipuladora. El protagonista de esta historia se ha
convertido en un sujeto pasivo y alienado, no importa el ser sino el
éxito y el triunfo, la apariencia y el poder. El trabajo lo único que ha
producido ha sido competencia y paro, abuso y división. El estado ya
no es garante del orden sino símbolo de burocracia, nepotismo y
tráfico de influencias.
VALORES/CRISIS: Nos hemos quedado sin valores. Con una
sociedad en la que unos pocos luchan por mantener su saciamiento y
otros muchos por alcanzar las migajas sobrantes.

2.2. La razón totalizante
La razón moderna ha sido la culpable de esta situación. De
liberadora se ha convertido en la gran enemiga del hombre. Desde
ella se ha querido fundamentar todo. Lo que se ha conseguido con
esta razón disfrazada de ciencia, ideología y poder es el triunfo de los
totalitarismos de todo tipo. Han sido los metarrelatos los que
justificaban y legitimaban tal orden de cosas. La razón moderna ha
originado el gran discurso monocorde, dogmático e intransigente.
De este tipo de razón hay que librarse. Estamos en un tiempo
nuevo, tiempo de pequeños relatos, de contratos temporales, de
pequeñas palabras, de discursos débiles, de errar incierto. Frente a la
razón legitimadora y objetivadora hay que defender la razón
paralógica, plural, local, pequeña y cercana.
AGUILA/GORRION: La razón moderna se parecía al águila que con
su vuelo amplio y magnifico lo ve todo desde lo alto. Es una
contemplación totalizante y unitaria ya que todo lo ve en su sitio y
relacionado.
La razón postmoderna quiere ser más cotidiana y vulgar pero, a la
vez, más cercana y vital. Su símbolo es el gorrión. La vida de un ser
pegado a una rama cualquiera en una calle cualquiera y preocupado
simplemente con ir tirando de la miga de pan o la simiente que se ha
perdido no se sabe como. Vida cutre, pero real y concreta. Nada de
transformar la realidad sino aceptarla y vivirla en su presentismo.


3. La sociedad y el hombre postmodernos

Si se les pregunta a los postmodernos sobre el proyecto de hombre
y sociedad que presentan, van a decir que eso es volver a caer en el
metarrelato y en la palabra con mayúscula. No existe tal definición.
Esto no excluye que estudiando sus críticas y deseos aparezca un tipo
de hombre y sociedad que resumo en estos puntos.

3.1. Desencanto de la razón
La razón moderna con su defensa de la objetividad, de lo
incondicionado y absoluto ha tiranizado la vida. Por eso hay que
cambiar el rumbo. Hay que descubrir la subjetividad como guía, la
fragmentariedad como criterio. La verdad no es verificación sino algo
tan débil como el «Yo, aquí y ahora, digo esto».
El sentimiento y no la razón unilateral debe orientar el tiempo
nuevo. Hay que seguir a A. Findielkraut cuando dice: «Vivimos en la
hora de los sentimientos; ya no existe verdad ni mentira, estereotipo ni
invención, belleza ni fealdad, sino una paleta infinita de placeres,
diferentes e iguales. La democracia que implica el acceso de todos a
la cultura, se define ahora por el derecho de cada cual a la cultura de
su elección». El sentimiento significa expresión, aceptación de
pequeñas verdades no por su objetividad sino por consentir.
RAZON/DESENCANTO: Hay que celebrar el desencanto de la
razón moderna. Hay que sacar con alegría el pañuelo y despedir un
tiempo de búsqueda orgullosa e infructuosa. Tiene razón Lipovetsky
cuando dice: ««Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan,
pero a nadie le importa un bledo: esta es la gran novedad».
Se acabó felizmente la búsqueda casi neurótica de la verdad. Nos
hemos librado con ello del peligro que significaba la imposición
totalitaria del pensador o científico de turno que creía haberla
encontrado. Renunciar a las grandes verdades, a las palabras con
mayúscula es volver a gozar del politeísmo de experiencias e
interpretaciones. Nada ni nadie es imprescindible. Ahora, lo mejor
posible.

3.2. La desfundamentación
Los metarrelatos dadores de sentido son falsos. Sólo cabe el vacío,
el caos, la dispersión y la falta de fundamento.
La Historia con mayúscula es un engaño. Ha sido inventada por los
historiadores para justificar y dar coherencia a los acontecimientos.
Solamente existen historias pequeñas y sin rumbo. No hay gran
marcha sino vagabundeo, pequeños caminos de seres pequeños que
caminan como buenamente pueden. No se sabe hacia donde se
camina pero al menos no hay alienación y engaño.

3.3. La estetización general de la vida
Si el pasado no tiene relevancia y el futuro es sombrío lo único que
cuenta es el hoy. Fallaron los modernos al sacrificar su presente
preparando el futuro. El postmoderno es presentista. Estamos en el
tiempo del «ya», del «carpe diem». La Felicidad futura, el Progreso, Ia
Revolución y otros lemas similares son agua pasada.
Como no hay compromiso ni con el pasado ni con el futuro, como
no hay vinculación alguna con nada ni con nadie es natural que la
ética dé paso a la estética. Se acabaron los compromisos con
mayúscula. Nada está prohibido. Hay que transformar los deseos de
cambiar el mundo por los de dedicarse a cantar la alegría de vivir «No
hay nada que hacer; por tanto, no hagamos nada».
En lo único que vale la pena perder energías es en la realización
personal. El culto al cuerpo, el sentirse a gusto en la propia piel, lo
guapo, el pasarlo bien, lo novedoso se convierte en algo fundamental.
Estamos en la obsesión por lo personal. La juvenilización, los viajes,
las terapias, las dietas, el fin de semana frenético y agotador han
sustituido al compromiso y a la preocupación del ser auténtico. Ahora,
a vivir. Al otro, que le parta un rayo.
3.4. El individuo fragmentado
Si el sentimiento es lo que priva y la razón es rechazada como
dogmática y totalitaria, el individuo postmoderno va a dejarse guiar
por la desintegración y la fragm~ntación.
Su proyecto vital no obedecerá a una coherencia sino a una
conveniencia. Todo debe ser débil. Hay que huir de todo compromiso
que pueda engendrar dolor y dependencia. El amor duradero mata al
amor. Los compromisos fuertes hacen vulnerables a las personas. El
individuo tiene al grupo no el grupo al individuo, cuando aquel no
interese, lo mejor es marcharse.
El hombre moderno se identificó con Prometeo, el que robó a los
dioses el fuego para entregarlo a los hombres. El fuego nuevo era la
ciencia que permitiría al hombre ser dueño del universo.
Los existencialistas prefieren a Sísifo. Condenado por los dioses a
subir una enorme piedra a la cima de una montaña, veía como la
piedra volvía a rodar de nuevo al fondo cada vez que intentaba
subirla. De este modo se sentía el europeo de postguerras al
reconstruir, una y otra vez, su vida y su casa.
Narciso será el personaje mítico postmoderno. Simboliza la
juventud, la felicidad inmediata, la vida a tope. ¿Para qué soñar
futuros vanos y subir esfuerzos que son fracasos? Dejemos la piedra
en su sitio, que se queden los dioses con su fuego Y que nos dejen
vivir en paz.

3.5. Religiosidad a la carta
Una de las características de la Modernidad era el olvido, la muerte
de Dios. El hombre se bastaba a sí mismo. Frente a la Providencia
pondría la producción; frente a la oración, el trabajo.
La Postmodernidad, en su oposición a la Modernidad va a defender
el retorno de lo religioso de una manera ostentosa, pero especial.
En las librerías postmodernas van a alternarse los libros sobre el
cuidado personal, las técnicas sexuales, los amuletos, las pócimas, los
calendarios astrales, barajas adivinatorias, santos protectores. Las
viejas estampas con la tela tocada por alguien especial van a
combinarse con piedras extraídas de lugares telúricos y
fundamentales. Cualquier hierba es perfectamente combinable con el
incienso. Es época de sectas, de adoraciones, de experiencias
pseudo-místicas.
Y es que el Dios que defiende el Postmodernismo está en
consonancia con su sentido narcisista. Es un «Dios débil» en una
religión descafeinada. La religión para el Narciso postmoderno es
defendida no por Dios sino por él mismo, significa relajación,
experiencia de otros mundos para el propio yo. Lo sagrado es vivido
como problemático, misterioso, fascinante, algo «guay». Dios, por otra
parte, es algo cálido y emotivo, y eso interesa.
Un Dios así no es exigente, sino confortable, a la medida, a la
carta. Es un Dios de bolsillo que ni compromete ni exige.

lunes, 15 de agosto de 2011

Sinopsis de:" Como la Huella del pájaro en el aire"

Cuando Héctor Bianciotti fue nombrado miembro de la Academia Francesa de la Lengua, se definió como «alguien que viene de lejos, y que ha pasado de su lengua materna [el español de su Argentina natal] a la de su literatura predilecta por caminos de contrabandista, sin traer nada, a modo de regalo, salvo un imaginario venido de otra parte». Como la huella del pájaro en el aire es ese imaginario, porque para Bianciotti la memoria ?y la vida?, es vacilante y movediza.

Tras más de veinticinco años de ausencia, Héctor Bianciotti regresa a la tierra natal, Argentina, donde le esperan sus hermanos. La nación homenajea al niño de la pampa que alcanzó el éxito en otro país, en otra lengua. Y surgen, al filo de los reencuentros, emotivas historias, como la de Nilda, que le narra el anciano llamado la Iguana, o recuerdos de familia. Pero son los sentimientos y las reflexiones que ese viaje suscita los protagonistas de esta obra: el paso del tiempo, el destino de personas y cosas y, en fin, la muerte. Y si la muerte proyecta su sombra en el horizonte, como le recuerda alguien, lógico es invocar figuras que se enfrentaron a ella de manera harto significativa; así, quedan fijados para el lector de manera indeleble la inolvidable estampa de Jorge Luis Borges en su lecho de muerte, la reacción del escritor Hervé Guibert ante su enfermedad incurable, y los últimos años de un amigo de la adolescen

Al abrigo. Juan José Saer

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón --muerte, olvido, fuga precipitada, embargo-- el diario había quedado ahi, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, el la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario.El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido --un diario, o lo que fuese--, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidads a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que el tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones mas elementales que constituían su vida. O lo que el había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía mas inalcanzable que el arrabal del universo.

jueves, 12 de mayo de 2011

RESUMEN DE ROSAURA A LA DIEZ DE MARCO DENEVI

La novela Rosaura a las diez empieza con la declaración de la señora Milagros Ramoneda. Ella es la narradora y cuenta la historia de todo lo que ocurrió. Primero, ella dice que todo comenzó hace seis meses cuando el cartero trajo un sobre rosa. Pero, después de pensar más, dice que será mejor que diga que empezó hace doce años cuando un nuevo huésped vino a vivir en su casa. La Señora Milagros es una viuda y la dueña de la hospedería llamada La Madrileña. Ella tiene tres hijas, Matilde, Enilde, y Clotilde. Siempre había pensionistas viviendo en su casa. El hombre que llegó un día a La Madrileña se llamaba Camilo Canegato. Pidió un cuarto con pensión. Camilo era un poco misterioso porque no tenía ni un pariente. Su padre había muerto hace un mes. Estaba solo en el mundo y quería vivir en La Madrileña. Camilo era un pintor de cuadros y un especialista en retratos al óleo.
Milagros decribe los primeros días que Camilo vivió en su casa y entonces da solo un resumen de los doce años y continúa con el presente. Camilo era el huésped modelo, era calladito y modosito, pero tuvo secretos. Siempre iba a la mesa con muchos frascos de jarabes y pastillas. Cuando Milagros le preguntaba para qué tenía esa farmacia, Camilo le contestaba que tomaba las medicinas porque tenía fatiga en el cerebro y mucho sueño. Milagros le sugirió comer más. Otra cosa sospechosa era que durante los doce años, Camilo nunca recibió cartas o llamadas por teléfono, no tenía parientes ni amigos. Milagros y sus tres hijas eran la familia que él no tenía. Pero, ella cuenta que seis meses antes ocurrió algo insólito. El cartero trajó una carta para Camilo Canegato. Porque el sobre era de color rosa y tenía el olor de perfume, Milagros sabía que era correspondencia de una mujer. Después de este día, cada miércoles, llegaba por correo una carta dirigida a Camilo. Milagros y su hijas estaban muy interesadas en el misterio y ellas descubrieron el lugar donde Camilo escondía todas las cartas. Ellas leyeron las cartas y descubrieron que una mujer, que se llamaba Rosaura, estaba enamorada de Camilo.
Las cartas llegaron durante ocho semanas, y, un miércoles, llegó una carta donde faltaba el nombre de Camilo. Milagros leyó la carta antes que Camilo regresara a la casa. Ella no podía creer que Camilo haya vivido con ellas por tanto tiempo y nunca haya dicho nada de una mujer. Cuando él llegó a la hospedería todos se sentaron a la mesa y Milagros le preguntó a Camilo sobre la mujer y él les contó toda la historia.
Un día un hombre le preguntó a Camilo si quería ir con él porque tenía un cuadro deteriorado y pensaba que Camilo podía ayudarlo. Este hombre era muy rico y tenía una casa muy grande. Camilo aceptó el trabajo de la restauración del retrato de la difunta esposa de aquel hombre. Después de empezar el trabajo, el hombre le ofreció a Camilo otro trabajo. El hombre quiso que Camilo pintara un dibujo de su hija Rosaura. Camilo estaba muy feliz porque pensaba que Rosaura era muy bonita. La tía de Rosaura se sentaba con ellos cuando Camilo dibujaba, pero ella siempre se dormía. Durante las sesiones de pintura Camilo y Rosaura se enamoraron. Pero, un dia, llegó una carta de Rosaura que decía «Adiós para siempre». Rosaura terminó su relación porque su padre quería que ella se casara con su primo segundo. Camilo estaba muy triste pero sentía que no podía hacer nada. Milagros decía que él debía luchar por su felicidad. Toda la ayuda de Milagros y sus hijas fue inútil. Milagros sugería que Camilo la raptara, fuera por las calles con el retrato de Rosaura, o pusiera un aviso en todos los diarios con grandes letras: «Rosaura. Te espero. Camilo.» A Camilo no le gustaba ninguna de las ideas. Él solo se sentía más y más triste.
Una noche cuando todos cenaban, Rosaura llegó a La Madrileña a las diez. Milagros estaba muy felíz, la abrazó y la besó. Rosaura era muy bonita, no tenía ningún defecto físico. Ella era más valiente que Camilo porque dejaría todo y se vendría a La Madrileña. Durante todo eso, Camilo se quedó en el comedor y no habló. Milagros hablaba con Rosaura y descubrió que ella se había peleado con su padre la noche anterior y escapó. Pero Rosaura no decía mucho, no contestó a todas las preguntas de Milagros. Se quedó en silencio con ojos de perro apaleado. Milagros notó que Rosaura tenía manchas como de golpes y pensaba que el padre lo había hecho. Milagros dio un cuarto a Rosaura y David y Camilo se quedaron en el mismo cuarto. Había problemas porque David y Rosaura eran amigos. Camilo no dijo nada, pero era posible que él tuviera celos. Un dia Milagros oyó voces y gritos en el cuarto de Rosaura. Rosaura estaba llorando pero no dijo nada sobre lo que occurió.
A pesar de que Camilo y Rosaura nunca hablaron, ellos decidieron casarse. Cuando se estaban preparando para la boda necesitaban documentos de identidad. Rosaura tenía su cédula y Clotilde, una hija de Milagros, notó que el nombre en la cédula era Marta Córrega. Rosaura le explicó que solo firmó las cartas con el nombre «Rosaura,» y que su nombre realmente era Marta Córrega. Es un misterio por qué razón ella usó un nombre falso. Pero ellos se casaron y se fueron al Hotel Wien para la noche de bodas. De allí partirían al día siguiente para Córdoba, Argentina. Después de la celebración todos estaban un poco achispados y nadie notó la ausencia de David Réguel. Milagros despertó en la noche cuando oyó el timbre y muchas voces. Como un huracán entró David Réguel con las noticias. Dijo que Camilo Canegato mató a Rosaura en un hotel cerca de Rio de la Plata en Buenos Aires.
Cuando Milagros terminó contando su declaración, David Réguel empezó su versión de la historia. Él tuvo una perspectiva muy diferente, solo podría ver el mal en Camilo Canegato. Estaba seguro que Camilo mató a Rosaura y en su declaración a la policia habló de la motivación y dijo que el asesinato tuvo una razón. David tuvo una teoría completa con una tesis, hipótesis y demostración. Era muy obvio que él era más culto y mundano pero sus ideas eran muy negativas. Dijo que Camilo era un «gurrumino» (Denevi 102) y desconfiaba a causa de su vulnerabilidad física. Dijo que Camilo era un hombre que produjo resentimientos y un hombre así era potencialmente peligroso. Camilo se enojó pero nunca dijo nada, solo sudaba mucho. David también contó que Milagros lo trataba sin ninguna consideración y lo explotaba.
David admitió que le gustaba Rosaura, pero también que ella era una de esas espléndidas mujeres que tenían que pasarse la vida encerradas en sus casas. Ella era espiritualmente frustrada. Solo quería a Camilo porque los pintores tienen una aureola falsa de genialidad triste y dulzona. Pero David dijo que Camilo tenía una doblez inconcebible. Un momento Camilo estaba muy tranquilo y el próximo estaba violento. Rosaura no sabía nada del mundo. En la casa de Rosaura, Camilo tenía un poder infinito. Por esta razón, Camilo seducía a Rosaura. David pensaba que la relación entre Rosaura y Camilo llegaría a un momento en que la víctima no ofrecería ya ningún nuevo incentivo a la tentación del corruptor. Camilo no quería una afinidad con Rosaura, la detestó. Él no podía dejar a Rosaura porque ella sabía donde él vivía. Camilo quería mudarse pero Milagros dijo que él no podía. David hablaba del sábado cuando todos estaban dormidos. Él vio a Camilo en puntas de pies y lo espió. Camilo entró del cuarto de Rosaura y le habló brutalmente. Dijo que era necesario que ella se fuera. Pero, finalmente, Rosaura se casó con Camilo y estaba contenta. Después de la boda, los dos salieron para el Hotel Wein, pero en realidad fueron a un hotelucho infame llamado Hotel La Media Luna. Era misterioso porque el hotel era muy malo, ¿por qué se quedaron allí? David y la policía veían a Rosaura muerta en su cuarto y David estaba seguro que Camilo la mató.
Después de la declaración de David Réguel, se inicia una conversación entre Camilo y un inspector llamado Julián Baigorri. Camilo contestó las preguntas del inspector pero decían una historia totalmente diferente que la que contaron Milagros o David. Dijo que trabajó en el taller y fue un restaurador de cuadros, pero no pintó, solo restauró. A veces pintaba dibujos usando una foto para el diseño. Su padre era severo y silencioso y nunca conoció a su madre porque ella murió cuando era niño. A Camilo le gustaba Milagros y sus hijas. Ellas eran como una familia, eran buena gente. Se quedó en La Madrileña por doce años porque sentía terror por cualquier cambio.
El inspector acusó a Camilo por la falsificación del documento de Rosaura, pero Camilo dijo que Rosaura jamás existió y que Señor Belgrano no tuvo ninguna hija. Camilo dijo, «Pero, en esa realidad, yo interpolé un sueño, y mi sueño se llama Rosaura, yo introduje un fantasma, y el fantasma se llama Rosaura» (Denevi 129). Rosaura era una pura invención de su mente. Camilo escribió todas las cartas, tenía la escritura redonda y prolija como una mujer. Fabricó todo en su cabeza. Dijo, «Soñar, vivir, ¿dónde está la diferencia?» (Denevi 130). Sus sueños expresan sus deseos reprimidos. Soñaba con Rosaura durante el día cuando estaba despierto. Soñaba que una mujer le amaba y usaba la relación entre Matilde y Hernández como ejemplo. Camilo dijo, «Soñé hasta el punto de hacer que mi sueño penetrara en la realidad» (Denevi 133). El inspector dijo que Camilo era un loco o un cínico.
Cuando «Rosaura» llegó a La Madrileña Camilo la ignoró. Dijo que no recordaba nada en el tiempo en que Rosaura llegó y cuando ellos estaban en el carro. En la habitación del hotel Rosaura se reía locamente. Camilo quería que ella se detuviera y él oprimió su garganta. Camilo salió, pero cuando salió ella estaba viva. Ella respiraba y le miraba. Cuando volvió un rato después, con David Réguel y la policía, ella estaba muerta. Era posible que otra persona la matara. El hombre del hotel estaba afuera de la puerta. Tenía una cara con cicatrices y se llamaba Turco. También había un muchacho alto vestido con una camisa amarilla. Este hecho es muy importante porque entonces la historia es más complicada.
La ultima declaración es de la Señorita Eufrasia Morales. Ella trabajaba en La Madrileña y hasta entonces estaba escondida. Ella no tuvo una gran parte en la historia, pero era posible que ella guardara un objeto de mucha importancia. Habló de la mucama de la hospedería, llamada Elsa. Elsa trabajó en La Madrileña desde hace varios años y amaba a Camilo Canegato. Ella limpiaba su cuarto y le servía la comida. Pero, cuando ella supo que él andaba de amores, las dos muestras de predilección desaparecieron instantáneamente. Solo Eufrasia se daba cuenta de que Elsa espiaba a Camilo. Eufrasia hablaba de la tarde del sábado cuando ella dejaba de tejer y se acostaba. Pero su cama estaba junto a la pared que separaba su habitación de la que fue de Rosaura. Oyó voces que parecían como una disputa, pero no entendía una sola palabra. Escuchó un rato y oyó que Rosaura dijo, «Para que me vaya vas a tener que darme todo lo que tenés en el banco. Ni por un peso menos me voy de aquí» (Denevi 150). Todas las personas corrieron al cuarto cuando escucharon los gritos. Elsa estaba en el cuarto de Rosaura con todos los huéspedes y no había vuelto a su habitación después. Cuando Rosaura y Milagros fueron al comedor, Elsa entraba al cuarto de Rosaura. Aquel día Rosaura perdió una carta que había escrito. Ella pensó que Camilo la robó. Pero al día siguiente Elsa pidió un dia libre. Ella era un poco sospechosa.
La parte final del libro incluye la carta desaparecida de Rosaura. Elsa tenía la carta. La escritura no guardaba ninguna semejanza con las otras cartas que Camilo recibió. La tercera página fue bruscamente interrumpida. La carta estaba dirigida a Rosa China, la mujer que lavaba la ropa de Camilo. Fue escrita por Marta Correga (Rosaura) a su tía Rosa. Marta Correga usó el nombre de Rosaura para esconder su identidad. Ella justo salió de la prisión después de cinco años. Entró cuando tenía veintiséis años y cuando salió, se sentía mucho más vieja. No tenía nada, caminaba por las calles sin un centavo. Todo era diferente en su mundo y sus amigos no vivían en los mismos lugares. Ella llegó al Palacio Marinera donde vivía Iris, una amiga. Era rebajarse demasiado, pero ellas fueron a vivir juntas como dos hermanas. Iris la ayudaba mucho. Consigió una nueva cédula de identidad para Marta. María Correa pasó a llamarse Marta Correga. Entonces, ella tuvo dos nombres antes de Rosaura.
Turco era el dueño del Palacio Marinera y tenía cicatrices en su cara. Era amigo de Iris y fabricó la cédula de Marta. Cuando Iris le preguntó a Marta si ella quería trabajar para ellos, Marta dijo que no le gustaba Turco. Había un otro hombre llamado Ministro que era el ayudante de Turco. Él había golpeado a Marta porque no le gustan las mujeres. Ministro era un mal hombre. Marta escribió que había descendido a lo más bajo y no le gustaba. Entonces ella escapó. Pero, luego estaba sola en la ciudad y sola en el mundo. Recordó que su tía planchaba la ropa de un hombre que se llamaba Camilo Canegato en la pensión La Madrileña. Su tía Rosa China, le dio una foto de ella a él y Camilo pintó el retrato. Marta solo quería encontrar a Camilo para recuperar su dinero, y si era necesario, ella casaría con él. Se maquilló y fue a La Madrileña. Cuando llegó la gente salió del interior de la casa y le llamó Rosaura. Ella no entendió porqué.
Por todo esto, la novela Rosaura a las diez era complicada y muy compleja. Porque todos los testigos dieron sus propias declaraciones, no se podía saber la verdad hasta el final. Camilo imaginó a Rosaura, pero ella nunca existió. Tenía una foto de Marta Correga y la llamada «Rosaura». Fue una coincidencia que Marta llegara a La Madrileña y quisiera casarse con Camilo. Al final, Camilo estranguló a Marta pero no la mató. El hombre llamado Turco fue el asesino.

domingo, 3 de abril de 2011

PRÓXIMAMENTE NUESTRO LIBRO:

DETRÁS DE LA PUERTA DE ROBLE. POR CARLOS RAFAEL LANDI


Habíamos logrado huir de la prisión tres días antes de arribar a la casa.

Fui yo el primero en despojarme de las esposas. Tras liberarme a mí mismo recordé los cálculos hechos con mi compañero de los cambios de guardia, de las horas y minutos que tomaba cada relevo, sabíamos cuando llegaban los guardias nenos estrictos; repasé los cálculos de la altura, desde la que nos teníamos que deslizar con los pañuelos atados entre sí, asegurados en la parte débil por las mismas correas que ataban nuestros miembros; Recuerdo además, cómo con un fleje de las camas usado como llave cruz abrimos una ventana; cómo con sigilo destrozamos la persiana de madera, providencialmente atada con un cable de televisor viejo, cómo mi compañero el último en fugarse tardó en deslizarse por la hilera de pañuelos para escribir un: “ Te amo Irene” en la pared de la prisión.

Teníamos un aspecto muy peculiar, andrajosos, rapados y corriendo como locos por las calles desoladas de un Buenos Aires que permanecía indiferente.

Así ganamos la lúgubre penumbra del patio y nos arrastramos cuerpo a tierra frente a los muros del centro de detención. No necesitamos mucha inteligencia para burlar la vigilancia del guardia apostado: las luces estaban altas y las sombras abundaban. Cerca del amanecer, corrimos por calles y murmullos de veredas flojas. Cerca de las siete de la mañana pasamos por enfrente de una vieja mansión estilo francés, una antigua casa que se levantaba orgullosa en medio de construcciones modernas. Redujimos el paso.

Con el sigilo de vampiros hambrientos, que deben cumplir además otros requisitos, como la eficacia en la extracción antes de ser descubiertos - por eso atacan preferentemente a animales dormidos- nos metimos dentro y enseguida nos instalamos en la parte más lejana de la casa, en el último patio que una puerta de roble dividía.

Con los días supimos que la casa estaba habitada se oía el diálogo de dos personas preocupadas, aunque no por eso nuestras costumbres cambiaron ni se postergaron nuestros planes. Al contrario, mientras se sucedían los días, fuimos avanzando hacia los demás sectores de la casa, hacia las otras dependencias, hacia el comedor y la espaciosa biblioteca llena de literatura francesa de antes de la segunda guerra mundial.

Llegó un punto en que las lecturas nocturnas, yo sabía francés, se convirtieron en la única distracción y en una obsesión maníaca. Cierta noche los habitantes decidieron cerrar este lado de la casa y le pasaron cerrojo a la puerta de roble. Pero, poco después, cuando conseguimos abrirla, oímos con mi amigo que después clausuraban la puerta cancel y cruzaban con paso nervioso el zaguán de mayólicas.

Con los ojos contra el vidrio biselado de la cancel vimos cómo los habitantes, parecía un matrimonio, abandonaban presurosamente la vivienda.

Avanzamos lentamente hacia la puerta de calle, y por la mirilla observamos como el hombre tiró la llave a la alcantarilla y ambos se perdieron bajo el denso manto de niebla de la noche, sin más pertenencias que lo puesto.

Desde entonces la casa, la desolada mansión, se constituyó en nuestra cómoda prisión, en nuestro nuevo sufrimiento. Nunca encontramos la llave de la ampulosa puerta de la entrada.

En el barrio los vecinos afirman que es una casa tomada.

viernes, 1 de abril de 2011

EL POZO. de ANGEL BALZARINO.

A pesar del cansancio, siguió hundiendo la pala con el mismo ritmo. Lento. Mecánicamente. Como lo había hecho por primera vez, dos días atrás, cuando se produjo la denigrante y jamás pensada rendición de las filas patriotas y entonces los otros, los enemigos que habían soñado y jurado destruir con mayor rapidez y facilidad que aplastar una mosca, se revelaron imponentes y soberbios, dispuestos a emplear un despótico rigor sobre los prisioneros como él. Sí. El peor trabajo. El que nunca imaginé ni hubiera elegido. Sin alternativa para sublevarse. Como tampoco pudo hacerlo aquella tarde cuando llegó a la casa la nota escueta, rotunda, extremadamente fría, que lo urgía a presentarse en el Regimiento del Ejército. Aunque la perspectiva de participar en un conflicto bélico lo sacudió con violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el temor que se había apoderado de sus padres y, sobre todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan súbita separación. Será por unos días. Todo se arreglará muy pronto. No logró esgrimir otro argumento, tanto por la necesidad de aferrarse a esa esperanza, bastante débil y nebulosa, como por impulso de la fuerza y seguridad que pretendía trasmitir a través de cada palabra el teniente Bertoldi. La patria está en peligro. Debemos defenderla. Sin miedo ni vacilación. Hasta destruir completamente al enemigo. Probarle nuestra capacidad de lucha. No llegó a sentirse contagiado por semejante fervor, como tampoco la mayoría de los muchachos que ascendieron con él al avión para marchar al frente de batalla en la remota zona austral; más bien el miedo, cierta desorientación y hasta un aire de velada impotencia los embargó cuando padres, hermanos, novias, agitaron los brazos en señal de un saludo que no hacía presentir una separación breve ni pasajera. Parece la despedida final. Como si ya nunca volveremos a vernos. Después, sobrellevando con extrema dificultad el azote del frío, sin llegar a saciar el hambre con la comida escasa y desabrida, debieron superar cualquier gesto de flaqueza y, por imperio de frías disposiciones, armarse de vigor y resolución para cumplir el deber ineludible de echar de las islas a los aviesos invasores. No. No será tan fácil ni terminará tan rápido. La certidumbre creció con la voracidad de un cáncer en el curso de los días, atenuando el optimismo que los mandos superiores pretendían insuflar sobre una pronta victoria. La caída de incontables compañeros acentuó el progresivo pánico ante el poder destructivo de las fuerzas enemigas. Para no caer en el desánimo o tener tal vez bruscos ataques de locura, procuraba evocar sitios familiares, rostros queridos, en una febril tentativa por recuperar todo aquello que había integrado su mundo y ya consideraba remoto, casi perdido. Julieta. La soledad parecía tornarse más aguda cada vez que la recordaba, golpeado por el hecho desgarrador de no poder tenerla entre los brazos, acariciarla, besarla. Hundió la pala en la tierra. Una y otra vez. Ahora impetuoso. Frenético. No por el deseo de acabar cuanto antes el pozo, sino como una forma de apartar el asedio de recuerdos perturbadores o, más bien, para descargar la dosis de rabia, terror, desesperanza. Vanamente. Lo supo con desoladora claridad. Porque ya resultaba demasiado tarde para evadirse de esa especie de trampa. Sin alternativa de elección y obligado a cumplir una disciplina estricta, se había visto precipitado a intervenir, sin preparación y escaso armamento y arrebatado de miedo, en una pugna que de antemano parecía destinada al fracaso. Como si se tratara de una broma macabra y nosotros fuéramos simples muñecos de trapo convertidos en el blanco del ataque de ellos. Desesperado por ser parte de un rebaño que, obediente y sin capacidad para armar una sólida defensa, se afanaba por sobrevivir en desigual puja. Por eso no le sorprendió la rendición. Cayendo prisionero, se vio sometido a reglas que los otros, enseñoreados por el triunfo, se encargaron de hacer cumplir con recia determinación. Sin piedad. Soberbios. Y así le había tocado apuntalar edificios deteriorados por los bombardeos, limpiar los escombros que cubrían los caminos, excavar la tierra para sepultar a los muertos. El peor trabajo. El que jamás hubiera querido hacer. Sobre todo por tratarse de los amigos con quienes había compartido la lucha, el temor, la desolación. Al fin, exhausto, advirtió que el pozo tenía el tamaño de tantos otros. Como lo exigían sus captores. Entonces el grito le hizo volver la cabeza. Notó la firme actitud del soldado que lo vigilaba. Sí. Este es para mí. Lo comprendió súbitamente. Mientras el fusil vomitaba fuego.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Hombre de la esquina rosada. JORGE LUIS BORGES

A Enrique Amorim

A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.
Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco ReaI, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros -puro italianaje mirón- se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
­Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
¿;Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras:
­Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
­De asco no te carneo­dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira:
­Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito:
­ ¡;Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida !
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿;para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
­Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo ­me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida ­cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos ­y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿;Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿;Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
­Entrá, m'hija­y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse.
­¡;Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! ­se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno.
­La está mandando un ánima ­dijo el Inglés.
­Un muerto, amigo ­dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcado ­alto, sin ver ­y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿;Ouién le iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. "Tápenme la cara", dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
­Para morir no se precisa más que estar vivo ­dijo una del montón, y otra, pensativa también:
­Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después.
­Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
­Fijensén en las manos de esa mujer. ¿;Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
­¿;Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.
En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.
Hombre de la esquina rosada

Jorge Luis Borges

TRABAJO PRÁCTICO: Cuestionario

Investigar la biografía del autor.

¿A quién está dedicado el cuento?

Describir época y lugar en que transcurre. Dar ejemplos.

¿Adónde ubica el Maldonado?

¿Cómo está actualmente?

¿ Quién relata el cuento en la ficción? ¿Y a quién?

¿ En qué momentos se encuentra con “la Lujanera”? Cítarlos.

Dice el texto: “Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche,” refiriéndose a Francisco Real. Explicar cuáles fueron esas tres veces en que lo trató en la noche en que transcurre el cuento.

¿Quién mató al “Corralero”?

¿Cómo lo sabe? Dar ejemplos

¿ Dónde realiza el autor cortes de tiempo?

¿ Qué tipo de lenguaje utiliza?

¿ Qué significa “pelar el fiyingo”?


Buscar ejemplos de imágenes sensoriales, comparaciones, metáforas e interrogaciones directas e indirectas en el cuento.


Describir los personajes

Realizar el argumento del cuento.


Realizar una descripción de un lugar a su elección, ambientado en la época en que transcurre esta obra.

ACTIVIDADES SOBRE " EL ORDENANZA" DE ANGEL BALZARINO

¿Puede la imaginación de un hombre condicionar su vida?

¿Se puede vivir sin esperanzas?

¿Puede un deseo convertirse en obsesión?

¿Existe la angustia existencial, como para llegar a matar?

¿Cuál es la actitud vital que lleva al hombre a internarse en un laberinto sin salida?

¿Produciría placer la concreción de su plan?

¿Se liberaría definitivamente de su complejo?

Al vengarse en esas 6 personas, ¿Lograría la felicidad?

Esos seres a los que él obedeció, ¿Serían tan perversos como él lo sentía?

¿Qué pasó con esas personas que inesperadamente lo trataron cordialmente, justo ese día? ¿O es que Aurelio vio ese día las cosas de otra manera?

¿Qué contenía el paquete obsequiado?

Al fin, ¿habían muerto?

¿Aurelio había terminado en la cárcel?

¿Qué hizo Aurelio para evitar que se burlaran de él?

Por qué el final que usted eligió es abierto?

¿Piensa continuar esta historia?

¿Usted se siente identificado con Aurelio en alguna de sus características?

¿Por qué su escritura en párrafos con espacios en blanco, tan llamativa...?

¿La incluye en la corriente del realismo mágico?

¿Por qué el hombre prejuzga sin antes conocer?

¿El hombre crea sus propios fantasmas?

¿Un defecto físico puede condicionar a una persona de forma tal, que ésta sea capaz de asesinar a otras?

¿Puede el hombre matarse a sí mismo por el solo hecho de no reconocerse tal y como es?

¿Tiene el autor alguna relación con Aurelio?

¿Sólo la perfección es digna de respeto?

¿El sentimiento de venganza está presente en las personas que tienen defectos físicos o capacidades diferentes?

¿Quién tiene derecho a considerarse mejor que los demás?

¿Qué es más importante: ser una bella persona o ser una buena persona?

¿Es muy difícil vivir sin dañar a las personas que nos rodean? ¿Qué actitud debemos tener? ¿Qué podemos hacer para mejorar la situación?



¿Puede gozar el hombre ante la concreción de un plan?

¿De qué se habla cuando se dice disfrutar?

¿Cuál es la pena más grande del hombre?

¿El hombre puede vegetar?

¿El hombre puede ser víctima de su propia fuga?

¿Todo lo experimentado por un hombre es expresado por él?




¿El individuo necesita culpar a otros para sobrellevar su condición de vida?

¿El hombre es realmente un objeto de burla o él crea esa situación en su entorno?

¿El ser humano necesita la venganza para aceptar de alguna manera su condición de vida?

¿La venganza hace que el individuo se sienta menos ofendido?

¿Hasta qué punto el individuo se acepta tal cuál es?

¿Hasta qué punto la venganza es utilizada para aliviar el rencor del individuo que se siente rechazado?

¿Por qué se busca la venganza antes que un arreglo de palabras?

¿Existen personas superiores e inferiores que uno?

¿Hubiese sido necesario el veneno si ellos hubieran hablado antes?

¿Qué es la frustración?

¿Nos sentimos satisfechos cuando elegimos una venganza, o sólo lo hacemos como una salida?

¿por qué los seres humanos buscan la perfección externa sin importar los medios?


La perfección es interna y "divina", si se la encuentra.

¿Fue premeditación o desesperación su actitud?

¿Qué quería lograr con su decisión?

¿Por qué le genera placer, liberación, la muerte de otra persona?

¿Qué lo llevó a hacer ese plan monstruoso?

¿La perfección externa es negocio o bienestar?

¿Por qué el hombre degrada al hombre siendo de su misma especie?

¿Por qué se venera el cuerpo perfecto, si no se sabe qué es la perfección?




Los compañeros se murieron o no?

¿La vida del protagonista pudo haber sido tan trágica para tomar semejante determinación?

¿Creyó terminar de esta manera con su fuga constante y disparatada

¿Aurelio estaba enfermo de odio y venganza?

¿Qué habrá pasado con las seis personas después de haber tomado ese café?

¿No sería el mismo Aurelio el que se perseguía tanto, que le parecía que toda la gente se burlaba de él?

EL ORDENANZA. Por ANGEL BALZARINO.

Cuidadosamente abrió el pequeño paquete y dejó caer el polvo blanco dentro de la cafetera. Luego revolvió con una cuchara el café hasta que desaparecieron los puntos blancos y el líquido quedó otra vez de un color oscuro, definido e intenso. Como el de todos los días. No se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde. Después, con una rapidez que relegaba el habitual desgano con que realizaba ese trabajo diariamente, desde hacía casi un año, sacó del armario seis tazas y seis platillos y los puso junto a la cafetera, en la bandeja.

Ya está. Todo listo. Creyó disfrutar ya el placer que le brindaría la concreción de su plan. Aparentemente todo estaba como de costumbre, y, sin embargo, hoy su tarea culminaría de una forma muy distinta a la de tantos otros días; hoy, por fin, poseía el modo -que consideraba poderoso e infalible- de destruir la exasperante rutina y, sobre todo, de vengarse de esas seis personas que en el curso de muchos meses habían estado hostigándole con sus bromas, sus órdenes imperiosas, sus risas descaradas.

Pero ahora se liberaría definitivamente. Hoy se rebelaría contra el pertinaz asedio de los demás -no sólo de esas seis personas junto a las que trabajaba, sino también de todas las que conoció desde su niñez- a causa del defecto físico provocado por una profunda herida en su pierna izquierda al caerse sobre una lata y que lo obligó a caminar siempre con una torpe y cómica oscilación. Tenía cinco años cuando ocurrió eso y desde entonces su nombre verdadero fue reemplazado por el del Rengo, apodo que los demás usaron en un tono despectivo, acentuando más aún la certeza de su incapacidad. Y no pudo evitar ser llamado así; primero fueron sus compañeros del colegio y luego los que tuvo en los diversos lugares donde trabajó. Los otros habían encontrado a través de su renguera un medio para bromear y entretenerse y ello resultaba fácil porque él, como un cobarde o un sonámbulo, siempre lo aceptó todo: la ofensa y el sarcasmo, la burla y el desprecio. Vivió mecánica e insensiblemente, sólo invadido por un odio cada vez más profundo y exacerbado hacia quienes lo rodeaban y que lo impulsó a esperar, con una conformidad inaudita, el momento de vengarse. Únicamente eso quiso: vengarse. Y ese deseo lo obsesionó durante días, meses, años... Pero como el tan anhelado instante siempre era postergado por su indecisión o temor o falta de oportunidad, comenzó a creer que eternamente sería un objeto frío e inanimado para satisfacer el capricho de todos.

Ya desde que abandonó el colegio (a los nueve años, cuando murió su padre, y la precaria situación económica en que quedaron él y su madre, lo obligó a trabajar), pareció internarse en un laberinto sin salida; en el primer lugar donde trabajó se había repetido lo que sucedió en el colegio; su caminar dificultoso provocó burlas procaces y despiadadas; y entonces, para liberarse, dejó esa ocupación y buscó otra; pero volvió a ocurrir lo mismo, y así, cambiando incesantemente de trabajo -siendo cadete o repartidor de almacén o aprendiz de mecánico- se fue hundiendo cada vez más en una existencia sórdida y miserable.

Y durante años vegetó sin alegría, ni sosiego, ni esperanza, realizando cualquier tarea, considerando a cualquier ser que se le acercaba corno un terrible y alevoso enemigo. No me tratarán siempre como a un perro. Haré algo para impedirlo. Pero el momento de plasmar su deseo parecía siempre el inalcanzable.

Hasta hoy, porque al fin tenía el valor y la ocasión de la revancha, que descargaría sobre seis personas, brutalmente. Ya no volverán a burlarse de mí. Apartando los recuerdos que lo mantuvieron un rato absorto e inmóvil, observó su reloj: ya hacía cinco minutos que debía haber servido el café.

Lentamente levantó la bandeja. Bueno, hoy será la última vez... Inició la marcha con cierto embarazo. El peso de la bandeja lo obligaba a mantener un equilibrio que nunca tuvo; y esa mañana, más que otras, temió trastabillar -lo que era muy frecuente- y caerse, porque derramando el café quedaría frustrada, o postergada de nuevo, su venganza. Debo tener mucho cuidado. Aquí llevo una bomba.

Mientras caminaba pensó que realmente ningún empleo le había resultado más penoso y desagradable que el de ordenanza en esa empresa; y, como en otras partes, sólo obedecía a la actitud de los demás. Allí creyó enfrentarse a los seres más perversos que había conocido, los que hallaron en él -como el juguete nuevo en poder de un chico- la fuente que los proveía de una diversión incesante, y todos los días la conseguían de modo distinto: tirando papeles en el piso que él acababa de limpiar, o haciéndole realizar inútiles diligencias sólo para reírse de sus pasos irregulares, o lo que era peor y él más temía, causando su caída con una zancadilla cuando llevaba la bandeja con la cafetera y las tazas.

Quiso también abandonar ese trabajo, como había hecho con otros; pero se negó a continuar su fuga constante y disparatada. Permaneció allí, dispuesto a concluir de una vez con la horrenda situación que sobrellevaba desde la niñez.

E inesperadamente supo cómo obtenerlo.

Fue el día anterior, cuando observó a su madre depositar veneno sobre las flores para resguardarlas de los insectos que había en el jardín. Sí. Por fin sabrán todos de lo que soy capaz. Por eso había sacado un poco del veneno que su madre guardaba en un aparador y esa mañana lo echó en el café.

Lentamente cruzó el corredor que desembocaba en una reducida sala, y allí se detuvo, frente a las tres puertas de las oficinas. ¿Cuánto tardarán en morir? Era la primera vez que se formulaba esa pregunta, y comprendió en seguida que no le interesaba el tiempo que tardaría en surtir efecto el veneno -minutos, horas o quizá días-, sino más bien que coronase totalmente su propósito.

Por un momento no supo en cuál de las tres oficinas entrar primero; pero, como queriendo seguir la rutina ya establecida, se decidió por la del gerente. Sostuvo la bandeja en una mano y con la otra dio dos golpes en la puerta; y oyendo una voz familiar, la abrió.

Quedó algo desconcertado. Allí no estaba sólo el gerente, como todas las mañanas, cuando servía el café, sino también los empleados. Todos: los seis. Y apenas entró dejaron de hablar y clavaron los ojos en él, casi con una repentina curiosidad, igual que si lo vieran por primera vez; y esa fijeza inusitada hizo vacilar un poco la seguridad que tenía hasta entonces.

No obstante, se esforzó por mantenerse sereno, y observando atentamente los seis rostros, casi se asombró de no descubrir en ellos ningún gesto que revelase la habitual mordacidad, pues aparecían serios, graves, como si ocurriera algo muy importante. Pero, ¿qué pasa? Casi presintió el fracaso de su plan, porque el hecho de estar todos allí, reunidos a esa hora, confería un carácter desusado a la monotonía de las otras mañanas.

-Puede servir el café, Aurelio -le dijo el gerente, en un tono suave y amable que no era el de costumbre-. Lo tomaremos aquí.

La voz lo sorprendió. Entonces trató de realizar naturalmente lo poco que faltaba para concluir su obra. Tal vez morirán los seis al mismo tiempo.

Depositó la bandeja sobre el escritorio y luego, con cierto aturdimiento provocado por el silencio y las miradas de ellos -en ese momento atentas, fijas en él-, tomó la cafetera con mano temblorosa y sirvió el café. No se darán cuenta. Casi rogó que fuese así, pues aún no se sentía absolutamente seguro y temió que algo -su nerviosidad, que sin duda era evidente, o el color del café, un poco más claro que otras veces- develara lo que sucedía.

Pero, en seguida, ellos tomaron las tazas y, a rápidos sorbos, bebieron el café. Y mientras lo hacían, él deslizó la mirada por sus rostros, ya tranquilo, con un placer morboso y desconocido. Ya está. Ahora dormirán para siempre. Y tuvo el súbito impulso de gritarles su odio, de expresarles abiertamente que había conseguido aplacar un poco la carga de angustia y sufrimiento, porque ellos -sólo ellos seis de los tantos seres que desplegaron un tenaz asalto sobre él- acababan de convertirse en los destinatarios de la venganza que había estado gestando y esperando a lo largo de muchos años, y hacerles comprender, finalmente, que por primera vez era más fuerte y poderoso que todos.

Pero no expresó de ninguna manera lo que experimentaba, Sólo le pareció que sus labios pretendían esbozar una sonrisa, instintivamente, al imaginar que esos semblantes, ahora serenos y despejados, muy pronto, a causa del veneno, se tornarían lívidos, congestionados, duros, fríos. Como las hormigas. Recordó las diminutas figuras negras e inertes que cubrían el jardín luego que su madre rociaba las plantas con veneno. Aunque él no podría contemplar esas caras descompuestas por el dolor y la agonía.

Despaciosamente se dio vuelta y caminó unos pasos, pero antes de llegar a la puerta, la voz del gerente lo detuvo:

-No se vaya, Aurelio.

Quedó paralizado, como si un golpe brutal aplastara su cuerpo. ¿Qué pasaba ahora? ¿Acaso había sido descubierto? Un sudor frío lo estremeció y sintió las piernas débiles. Estoy perdido. De pronto creyó que esas seis personas se convertirían en indignados acusadores. Pero cuando su mirada aterrorizada abarcó sus rostros y los vio sonrientes, amistosos, cordiales, todo su miedo se transformó sólo en sorpresa, que se acentuó más aún al oír la voz del gerente diciéndole, como en un sueño absurdo e increíble:

-Hoy hace un año que usted trabaja aquí. Por eso, para premiar su eficacia y dedicación, todos nosotros queremos hacerle un obsequio -y tomando un pequeño paquete que había sobre el escritorio, se lo alcanzó-. Sírvase. Esperamos que sea de su agrado.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Entrevista con César Aira.

Narrador infatigable, César Aira (1949) nació en Coronel Pringles, un pueblo al interior de Argentina. Avecindado desde su juventud en Buenos Aires, ha hilado una de las obras narrativas más copiosas de la literatura hispanoamericana contemporánea. Además de sus novelas –muchas de ellas publicadas por Ediciones Era–, entre las que se cuentan La liebre, Cómo me hice monja, Los fantasmas, El congreso de literatura, Las aventuras de Barbaverde y Los dos payasos, ha escrito ensayos críticos sobre Copi y Alejandra Pizarnik.

Aira ha perfilado un estilo personalísimo, lleno de retruécanos imaginativos y dislates sucesivos que lo marcan como un escritor, si no marginal, por lo menos raro. Esta rareza, y el frenesí con que publica sus novelas siempre breves, ha provocado que se le encasille como un autor para verdaderos devotos. Él parece preferir tener “lectores” a tener “público”. Esta conversación tuvo lugar durante una breve estancia suya en la ciudad de México.

-Quiero empezar con una pregunta sobre usted como figura pública. ¿Es un agobio? ¿Un mal necesario?

Lo es solamente en los viajes. En Argentina he bajado la cortina y no, nunca hay entrevistas, muy de vez en cuando participo en algún congreso, en un panel, una o dos veces al año. Y no hago ningún tipo de vida pública. Cuando viajo sí, porque a veces es el precio que hay que pagar para que lo lleven a uno a algún lugar lindo del mundo, y lo hago con gusto. Hablar de uno mismo siempre reconforta el ego, sobre todo ver que hay algún interés por uno.

-Más bien es usted una figura retraída, doméstica...

Sí, sí. No porque sea una estrategia mía, es lo natural en mí. Me sigue gustando escribir, cosa que es bastante rara entre escritores. Quiero seguir escribiendo. Tomarme tiempo, disposición mental para escribir. No necesito exposición pública.

-Es un fenómeno común el de los escritores que, conforme avanza el tiempo y la obra se consolida, comienzan a privilegiar su participación en congresos...

Lo que pasa es que hay mucha gente que cuando dice en su juventud “yo quiero ser escritor”, en realidad lo que quieren es ser escritor en el sentido de funcionar socialmente como escritores, eso es lo que les gusta. Tener el carnet como para poder opinar, ir a congresos, tener una figura social profesional. Y encuentran que el problema que plantea eso es que tienen que escribir, cosa que no les gusta. Entonces escriben un libro cada diez años, con un gran esfuerzo, o recopilan artículos de manera que mantienen en vigencia su carnet de escritor. Por eso muchas veces he dicho, cuando me preguntan por esto, que no me gustan los escritores que no escriben. Es por eso, porque veo que hay escritores que funcionan como escritores y que en realidad no son escritores de vocación. Y en mi caso, que he publicado tantos libros, pequeñitos pero tantos, hay como un rechazo en mi contra por ser muy prolífico. Un amigo me decía, cuando le dije que venía a México a participar en cosas públicas: “Lleva un revólver, y cuando empieces a hablar ponelo sobre la mesa y decí: la primera vez que se pronuncie la palabra ‘prolífico’, me pego un tiro. Así los vas a tener controlados.” Porque prolífico ahora se ha vuelto un término despectivo. Si es prolífico no puede ser bueno. Pero eso viene justamente de todos estos escritores que no escriben y que se defienden con eso. Qué otra cosa puede hacer un escritor que escribir. Es decir, si lo que escribe se publica, es porque hay algún interés en publicarlo, algún editor interesado, algún lector interesado en leerlo. Así que no veo el motivo para despreciar lo prolífico.

-Es como si hubiera la intención de “dosificar el genio”.

Exacto, porque viceversa está la idea de que si alguien escribe un libro cada veinte años es porque tiene que ser buenísimo. No hay ninguna garantía.

-Está también la idea de que el escritor tiene que opinar sobre todo, volverse una especie de oráculo...

Hay muchos a los que les gusta eso. El hecho de haber escrito unos libros es la excusa para hacer esto que quieren: opinar sobre el ser nacional, como se dice en Argentina, sobre los problemas sociales del mundo, de la vida, de la ética. Quizá no está tan mal eso, porque después de todo un escritor es un profesional de la palabra. Sabe, ha aprendido, si ha hecho bien su aprendizaje, a hacer oraciones que suenen bien...

-Sin embargo, y es a lo que quería llegar, esas opiniones, esa capacidad para interactuar con el mundo, están en su caso en sus novelas, más que en la prensa.

Lo mío siempre va un poco para el lado de la fantasía, de la invención, hasta del disparate, el delirio, así que no me atrevería a ponerme a opinar sobre el mundo.

-Pero ¿no le parece que esa es una manera oblicua o sesgada de dar su parte sobre el mundo?

En general, los escritores que se vuelven opinadores, se vuelven opinadores desde el lado del sentido común, desde una ética biempensante. Nunca hay nadie que salga a decir una barbaridad, que sería tan bonito.

-Me gustaría que me contara un poco sobre su proceso de escritura. Ha hablado de que escribe sólo una cuartilla diaria...

Mis novelas parten de una idea, de algún tipo de juego intelectual, de algo que me parezca prometedor y desafiante. A ver si se puede hacer, no sé, qué se yo, un hombre que se transforme en ardilla poco a poco, y de ahí me lanzo un poco a la aventura, a ir improvisando cada día.

-¿Escribe en su casa, en su estudio?

No, no. Cuando mis hijos eran chicos, vivíamos en un departamento muy pequeño, me acostumbré a ir a un café y sentarme y escribir ahí. Buenos Aires es una ciudad, bendita sea, que tiene muchos cafés muy acogedores donde uno puede quedarse tranquilamente. En mi caso, nunca mucho. Media hora, una hora, en que me siento a mitad de la mañana. Mis hijos crecieron, se fueron a vivir solos, pero la costumbre mía quedó. Así que todas las mañanas, a media mañana, me voy a un café y hago mi sesión del día: escribir una paginita, porque voy escribiendo muy despacito. A veces he pensado si lo mío no se parece más al dibujo que a la escritura, en el sentido de que soy muy fetichista de lapiceras, tintas, papeles buenos, cuadernos muy exquisitos, y escribo tan despacito y pensándolo tanto. Todo lo mío tiene un componente visual muy grande. Siempre estoy pensando que se vea bien lo que estoy escribiendo, que al final de cuentas me parece que estoy haciendo un dibujo cada día.

-Claro, en sus novelas hay algo muy visual...

Sí, de hecho a veces me doy cuenta de que me excedo en eso. Como quiero que el lector vea exactamente, entonces me paso de rosca con los adjetivos, poniendo de qué color es y de qué forma. A veces tengo que tachar porque me doy cuenta de que el lector no necesita tanta fijación. Y si no ve exactamente lo que vi yo, bueno qué importancia tiene.

-A pesar de esa fijación con mostrar, el lenguaje de sus novelas es bastante claro, diáfano.

Eso lo he hecho por intuición, pero me doy cuenta de que, como la invención mía es tan barroca, no podría agregarle un barroquismo del lenguaje porque sería una superfetación. Para servir a esa imaginación un poco desbocada que tengo, se necesita una prosa lo más llana y simple posible.

-Podría ser visto casi como un gesto de cortesía...

Eso lo he notado cuando viajo a cualquier lado por la aparición de un libro mío. Yo corro con ventaja porque muchas veces llega un autor a presentar un libro y en la redacción te dicen que tienes que
leerlo para mañana. Y resulta ser un libro así de gordo, pesado, aburrido, lleno de reflexiones metafísicas. Bueno, ese entrevistador va a ir con una mala leche... En cambio, en mi caso, es un librito así, de setenta páginas, que se lee en un rato, más o menos divertido. Entonces ya vienen con una sonrisa y me tratan bien.

-Entonces, ¿la brevedad es algo muy pensado?

De hecho, cuando empecé a escribir y a publicar, traté de ir a extensiones normales y publiqué varias novelas de doscientas páginas; en una creo que llegué a trescientas. Pero haciendo un esfuerzo. Y después, a medida que los editores me iban aceptando más como soy, fui yendo a lo natural en mí. Creo que ese formato de unas cien páginas, a veces poco más, es lo natural en mí. Digamos que es el formato ideal para el tipo de imaginación, de historias que yo invento.

-Va escribiendo, y de pronto siente que ya dio de sí la historia...

Sí, esas son intuiciones que uno va adquiriendo con el oficio: me doy cuenta cuando viene el buen final. Mis finales no son tan buenos, y muchas veces me los han criticado, con razón, porque son un poco abruptos. Y yo he notado que a veces me canso o quiero empezar otra, y termino de cualquier manera. A veces me obligo a poner un poco más de atención y hacer un buen final.

-Me da la impresión de que sus novelas son siempre una suma de digresiones.

Sí, hay algo de eso, por el modo de escribir, improvisando día a día. A mí me gusta esa línea un poco sinuosa. Me gusta estéticamente, y creo que aun así mantengo una cierta unidad, una coherencia.

-Y hablando de esa línea de digresiones y de sus hábitos como escritor, ¿es usted un escritor que pasea mucho? Lo pregunto por la asociación de la digresión con el paseo.

Sí, soy un gran caminador. Por la mañana, los días que no voy al gimnasio, hago lo que yo llamo mi caminata deportiva, que es una caminata larga que me doy al amanecer, porque soy muy diurno, me despierto siempre cuando sale el sol. Después durante el día también camino mucho –como no tengo auto, nunca tuve carro–, camino por el barrio. Y a la noche, antes de la cena, hago mi segunda caminata larga.

-¿Y están relacionadas con el trabajo?

A veces salgo de mi casa, y empiezo a pensar fantasías completamente inútiles, no es que piense argumentos del libro, y una hora después, estoy abriendo la puerta de mi casa y todo lo que pasó en medio se fue. No vi nada, estuve moviendo las piernas mecánicamente. En general yo no escribo si no estoy escribiendo, si no tengo el lapicero en la mano.

-Justo hablando del proceso de escritura, usted ha estado muy cercano a las vanguardias literarias. Y en particular me interesa preguntarle sobre la idea de poner más peso al proceso de creación que al resultado final.

Sí, esa es una de las características, inclusive del arte contemporáneo. Tampoco hay que exagerar demasiado ahí porque este process art termina siendo ombliguista, mirarse a sí mismo. Creo que en esto yo, como en tantas otras cosas, como en el pago de los impuestos, soy normal y voy al término medio. Sí, me interesa el proceso, dejar desnudo el proceso de la escritura, que se vea, pero también tener un cierto respeto por el resultado. Que quede algo ahí. Creo que estoy en un término medio.

-A usted, sin embargo, lo ubican como un marginal, como un outsider, un escritor para fieles pero no para mayorías.

Eso le estaba diciendo ayer a mi editor acá, que yo soy de esos escritores que nunca van a tener público, pero siempre van a tener lectores, lectores sueltos. Nunca van a coagular en público, que es lo que hace al negocio. En mi caso no va a ser así.

-¿Y cómo ha sido su relación con los editores?

Siempre ha sido buena. Quizá por mi inseguridad, mi timidez, siempre pensé que ellos estaban haciéndome un favor, estaban perdiendo plata conmigo; cosa que ha sido real, además. Pero, bueno, los editores, aun el más comercial, tienen siempre un nicho para algo que les guste aunque no les dé plata, que es mi caso.

-Quisiera ahora hablar de su papel como un muy buen traductor. Quizá ahí uno se acerca a una seriedad y un rigor...

A una corrección sobre todo. Pero yo siempre a la traducción la tomé como un oficio del que viví. Ahí sí lo vi con todo pragmatismo, hasta tal punto que me especialicé en literatura mala. Porque los editores pagan lo mismo por la mala que por la buena, y la buena es mucho más difícil de traducir. Entonces terminé especializándome, bah, más bien tomando estos bestsellers norteamericanos, que son facilísimos de traducir porque están escritos en una prosa estereotipada.

-Pero también ha traducido...

También he traducido cosas buenas, un poco por desafío, por ver si podía hacerlo. Y ahora que dejé de traducir profesionalmente, lo hago de vez en cuando por amistad, con algún escritor o con algún amigo. Hasta a Shakespeare me atreví. A Shakespeare lo leo desde chico, y había dicho “esto nunca lo voy a traducir; si me ofrecen traducir a Shakespeare nunca lo voy a aceptar, porque Shakespeare es riqueza pura, es una riqueza concentrada”. En cada verso de Shakespeare hay poesía, metáforas, hay un avance de la acción, una caracterización del personaje, todo junto, en cada verso. Pero una vez un amigo estaba preparando, para editorial Norma de Colombia, una colección de Shakespeare traducido por escritores hispanoamericanos, y me habló y me dio a elegir y, para hacer algo distinto, elegí Cimbelino, una de las obras últimas y favoritas mías. Y lo traduje. Me dio un trabajo infernal, y ahí sí me juré “nunca más Shakespeare”. Y aun así recaí. Y recaí por el motivo más curioso, y es que años después, me llamaron de una editorial para decirme que querían traducir, no sé bien por qué motivo, creo que porque Harold Bloom lo había mencionado, Trabajos de amor perdidos. Entonces les dije que esa era la idea más ridícula que se les podía haber ocurrido porque esa obra no tiene argumento, es una cadena de juegos de palabras, de chistes lingüísticos. Cómo traducir eso. Por ese mismo motivo, dije, bueno lo voy a hacer. Me la elogiaron mucho. Aunque ahí no es cuestión de traducir, es cuestión de... no sé qué verbo habría que emplear, de recrear cada chiste, cada juego de palabras. Lo tomé como un juego, como un desafío, a ver qué salía. Pero nunca más, ahora sí. Aunque esos “nunca más” siempre tienen una excepción.

-¿Y la de Cimbelino?

Ahí tomé una decisión, que fue traducirlo en prosa y en prosa explicada. Entonces ante cada metáfora yo no la traducía sino que explicaba, a veces a lo largo de cinco renglones, lo que Shakespeare había dicho en dos palabras. Cada chiste, cada obscenidad, que abundan, yo la explicaba en extenso. Cuando se la di al editor me dijo: “Parece una novela de Ivy Compton-Burnett.” En realidad, quien quiera leer a Shakespeare tiene que hacer un pequeño esfuerzo, aprender algo de inglés y leerlo, porque no hay de otra. Las traducciones pueden servir, ya sea como guía para alguien que está aprendiendo el idioma o ya como experimento para ver qué pasa, qué se trasmite de una lengua a otra. Tampoco nunca me interesó mucho toda la cuestión teórica de la traducción.

-¿Y nunca lo vivió como un proceso para su narrativa? ¿Cómo un trasvase?

No, no. Lo que sí creo que intervino en mi trabajo de escritor fue acostumbrarme a la corrección de la prosa. A que cada frase tenga su estructura sintáctica bien hecha, porque eso es lo que le pide el editor al traductor, una buena prosa. Buena en el sentido de correcta, legible. Alguna vez pensé que eso había estropeado mi prosa, que me había acostumbrado a una corrección excesiva. Y hasta traté de salvajizarme un poco, hacer esas cosas que hacen mis colegas jóvenes, sobre todo hacer frases que no tienen verbo, que está todo al revés, pero no, no creo que sea ningún problema.

-Hablando de los colegas jóvenes, no recuerdo quién decía que a sus contemporáneos y a sus menores uno en realidad no los leía, sino que los vigilaba. Usted, ¿qué relación tiene con sus contemporáneos, con los menores? ¿Los lee?

Sí, los leo. Leo bastante. Leo bastantes dos primeras páginas. Es raro que siga. Creo que la narrativa, en la Argentina por lo menos, ha caído en un realismo un poco chato, casi costumbrista, costumbrista tecno, pero costumbrista al fin. Hay una chatura, y me sucede con muchos jóvenes que se reclaman de mi influencia, de mí como modelo, que, cuando leo lo que escriben, me sorprendo. Ha quedado muy relegada la invención. Hay como más voluntad de testimonio, de estas vidas maravillosas que estamos llevando. Y creo que la historia le ha jugado una mala pasada a los novelistas, y es que les ha solucionado muchos problemas. Y una novela sin conflicto... Estos jóvenes de clase media, que son los que escriben, los que van a la Facultad de Letras, hoy día ya no tienen ningún problema, la historia se encargó de solucionarles todo. El problema sexual, por ejemplo: hoy los jóvenes no tienen los problemas que teníamos nosotros. Entonces se inventan. O recurren a la neurosis. A la hipocondría. Y toda esa miseria psicológica a mí me cansa. Yo quedé como enganchado a las novelas de piratas: salgamos al mar a hacer algo, a tener aventuras. Este realismo de barrio elegante, Palermo Soho, no me convence.

-Por ahí decía usted que la realidad la hacían los otros, y que usted estaba ahí mirándola como espectador. Y me parece que eso tiene que ver con su apuesta y su fidelidad por la fábula y por la invención, algo que es por lo menos poco practicado.

Exacto. Lo que pasa es que una fábula, un cuento de hadas, es poco serio. Y entonces, para darle seriedad, hay que hacerlo bien. Y ahí me temo que estos jóvenes desconfían un poco de sí mismos. No me voy a largar a meter a un enanito volador en mi novela porque eso lo tendría que hacer muy bien para que funcione, entonces se remiten al rave, que ya lo tienen más controlado.

-Curiosamente la aventura inventiva se asocia con un espíritu de riesgo...

Por eso me sorprende que estas novelas de los jóvenes, por lo menos de los jóvenes argentinos, parezcan novelas de senectud. Sin impulso de creación.

-¿Y usted cómo ha sentido el paso del tiempo?

Me han preguntado, yo mismo me lo he preguntado, si ha habido una evolución. No sé. Creo que se está acentuando la melancolía. Porque para ser sinceros, como decía Felisberto Hernández, noto que cada vez escribo mejor, lástima que cada vez me vaya peor. Uno va mejorando su técnica, pero inevitablemente, si uno es sincero consigo mismo, sabe que se terminó la juventud y hay una melancolía que va creciendo. Creo que la tengo a raya justamente con el juego, con la invención, pero creo que va aflorando. No sé, lo veo desde afuera. Tal vez termine siendo uno de esos viejitos payasos.

-¿Mantener a raya a la melancolía es una preocupación?

No es algo que se presente como una batalla. Es algo que noto. También hay algo de cansancio. Pero estoy seguro de que voy a seguir escribiendo.

-Algo que me llamó mucho la atención fue su pequeña introducción al Diario de la hepatitis. Esa pequeña página...

Ah, sí, es una página de “nunca más voy a escribir”. Creo que era mi etapa Rimbaud. Estaba coqueteando mucho con eso, con el abandono. Dejar de escribir para ver qué pasa. Pero fue un coqueteo, un juego teórico que no llevó a nada. Ahora estoy convencido que no voy a abandonar nunca. Incluso hasta tengo cierta expectativa: si empiezo a decaer, como es normal que a un hombre entrando en la vejez empiecen a fallarle las cuestiones mentales, qué va a pasar con lo que escribo. Es una curiosidad que estoy sintiendo y que querría experimentar.

Para hablar de poesía, usted ha tenido relación con grandes poetas, ha escrito sobre Pizarnik...
Me formé en medio de poetas, y de ahí creo que viene este amor mío por los libros pequeñitos, que a mí me parecen joyas. Y los libros gruesos me parecen un poco groseros, para seguir con la etimología. Como nunca escribí poesía, en cambio escribí novelitas que parecen libros de poesía. La poesía me parece que es el laboratorio de la literatura. Ahí se prueban las innovaciones, los juegos más extremados. Y en la narración esos juegos pueden servir como modelos para estructuras distintas...

-¿Y de la poesía qué más le interesa?

La buena poesía. Uno de los primeros libros que leí en mi adolescencia y que me hizo descubrir algo importante fue Trilce, de César Vallejo. Ese libro me hizo descubrir que la literatura también podía ser enigma. Cuando lo leí por primera vez, a los catorce o quince años, no entendí nada, ni una sola palabra. Y eso me deslumbró. De hecho, pienso que lo que se llama literatura infantil ahora tiene el defecto de que simplifica mucho el vocabulario. Porque a los niños les encanta, los hechiza la palabra que no entienden. Bueno, a mí me pasó con Trilce, que sigue siendo un libro favorito mío y que me mostró cómo la literatura podía ser enigma, misterio. Lo releo por lo menos una vez al año, le doy una relectura a Trilce para refrescar esa maravilla.

-Quisiera volver al escritor como figura pública, al escritor que opina. Hay una ligereza en usted que puede ser bastante sana. Una ligereza que se corresponde en su escritura...

Eso es lo que siento naturalmente. Creo que la literatura no tiene una función importante en la sociedad. Por otro lado creo que la literatura siempre ha sido y es y va a seguir siendo minoritaria, para unos pocos. Y creo que la literatura tiene que ser opcional. Hay muchos colegas míos que casi están predicando la obligatoriedad de la literatura. Hacer leer a los jóvenes. Eso no me gusta. En nuestra sociedad todo se va volviendo paulatinamente obligatorio, así que dejemos a la literatura como actividad optativa. Qué lea el que quiera. El que quiera leer va a tener mucha felicidad en su vida, pero si no quiere leer también puede ser muy feliz. No soy un evangelista de la lectura. Ahora se ha puesto de moda eso, promover la lectura. Hay hasta fundaciones que se dedican a eso. Yo sospecho que todos los que hacen ese trabajo, y cobran muy buenos sueldos por hacerlo, no leen nunca. Los que sí leemos no somos tan proclives a promover la lectura. Quizá porque hemos aprendido que es la actividad más libre que uno puede hacer.

-¿Y qué opinión le merecen los escritores serios, los intelectuales?

No saben lo que se pierden. No saben cuánta libertad están perdiendo. Yo pienso, y lo he dicho varias veces, que es cada vez más difícil escribir literatura seria hoy. Ha habido todo un proceso, en los últimos cien años, de ironía, de distanciamiento. Entonces hoy escribir en serio o hablar en serio es ponerse en el borde, en la cornisa de la solemnidad, de la tontería, del lugar común, del patetismo, de la mentira bien pensante. Y quizás es un poco triste eso: estamos obligados al chiste.

-De cualquier modo, el escritor, por tener un espacio público, por tener público, tiene una responsabilidad...

Pero ahí vos lo dijiste bien: por tener público. Porque si quisieran tener lectores, harían un chiste. Y dirían alguna locura.

-¿Usted piensa en sus lectores?

Sí, creo que todos los escritores tenemos algún lector, alguien que conocemos o hemos conocido. O a veces hasta alguien que nos imaginamos, con quien estamos dialogando. A veces a favor, a veces en contra. He terminado sintiendo mucho cariño sobre todo por los lectores que vienen a contarme una escena de una novela mía, o sobre un personaje de una novela mía. Eso es muy lindo porque siento que algo de lo que yo he escrito ha encarnado. En Francia una estudiante se me acercó a hablarme de esta novela chiquita que publiqué en Era, La Princesa Primavera, que se tradujo al francés. Y me decía: mi personaje favorito es Arbolito de Navidad, me gusta cuando sale a caminar y se pone tan nervioso. Y lo imitaba. Y ahí sentí como que algo se hacía realidad. Esas cosas provocan una gran satisfacción, más que tener el elogio académico, que generalmente está mediado por Derrida, por Foucault...

-Pero su obra es muy solicitada por los departamentos universitarios...

No, yo me he vuelto un favorito de la academia. Lo he pensado mucho: ¿por qué se escriben tantas tesis sobre mí cuando no se escriben tantas sobre escritores mucho mejores que yo? Yo sé por qué pasa. Yo les estoy sirviendo en bandeja de plata lo que necesitan. Te doy un ejemplo, que lo di el otro día a unos estudiantes en la universidad: en esta novela mía, El congreso de literatura, yo quiero clonar a Carlos Fuentes, necesito una célula de Carlos Fuentes e invento una avispa mecánica con un chip e instrucciones de que vaya y tome la célula. La avispita cumple exactamente y me trae la célula, yo la meto en el clonador y un desastre. Porque la avispa tomó una célula de la corbata de seda natural de Carlos Fuentes. Ese episodio lo toma un profesor de narratología y ahí lo tiene todo servido en bandeja, dónde empieza y dónde termina un cuerpo, ¿la persona social es parte de la persona biológica? Lo tiene todo servido en bandeja por esa estructura de dibujo animado, de cómic en la que yo se lo estoy dando. Es decir, para aplicar los conceptos de Deleuze a Kafka hay que ser Deleuze; para aplicar los conceptos de Deleuze a mí es facilísimo. Creo que ahí está la clave: utilizar esos mecanismos sugerentes pero en términos de cultura plebeya. Seguro, lo tengo bien estudiado.

-¿Pero usted no es ajeno a la teoría?

Leí mucha, porque en mi juventud, en los años sesenta, setenta, estaba muy de moda. Había una gran explosión del estructuralismo, del posestructuralismo, la lectura de Barthes, Lévi-Strauss, todo ese mundo. La revista Tel Quel era mi Biblia, pero después me fui alejando naturalmente de eso. Pero sigo leyendo mucho de psicoanálisis. Freud sigue siendo una de mis lecturas favoritas. Y mucha filosofía también. Aunque la filosofía la tomo a lo Borges, como una rama de la literatura fantástica.

-Le quería preguntar por el centralismo de la cultura argentina.

Me fui a Buenos Aires a los dieciocho años con la excusa de estudiar abogacía, qué mal mentiroso fui. La Argentina es un país muy centralizado, todo pasa en Buenos Aires y muy poco en el interior. Lamentablemente. Con la excepción de la ciudad de Rosario, que tiene una vida cultural muy rica, pero no es Buenos Aires, además está muy cerca.

-¿Y a usted le preocupa esta centralización?

No, no. De cualquier manera yo vivo en Buenos Aires, así que estoy aprovechando las ventajas del centro. Vuelvo dos o tres veces por año a Pringles, a mi pueblo, porque ahí sigue viviendo familia. Lo que noto en los pueblos del interior, en Pringles como en otros, es la queja de la gente que tiene alguna inquietud cultural de que no pasa nada, de que no hay nada y es que todas las iniciativas culturales que se hacen ahí terminan fallando, terminan disgregándose en algo muy pedestre, muy primitivo, que no dan ganas de seguirlo. Y hay algo que nunca hacen y que los llevaría de un solo salto a lo más alto que puede tener la cultura, que es leer. Eso me parece. Organizan teatro, música, clubes, hasta de literatura, y comentan novelas de Rosa Montero. ¿Por qué no agarran buenos libros?

-Otra vez el asunto de la obligatoriedad de la cultura...

Totalmente. Es que yo creo que la palabra cultura tiene varias acepciones: la institucional, la antropológica, y la acepción que corresponde a cuando uno dice que fulano es un hombre culto, y se remite a una sola cosa, a leer libros. Todo lo demás, la televisión, el cine, el teatro, con todo lo bueno que tienen, no suplen al libro. Y el libro sí suple a todo lo demás. Un hombre culto es un hombre que lee libros y no hay de otra. Si no lee libros, no es culto, por más que sea ministro de Cultura.

-En cuanto a la relación del escritor y el poder, aquí en México hay programas gubernamentales que becan a los creadores nacionales...

En la Argentina por suerte nunca pasó. Desde que existe la Argentina, los escritores han vivido de su trabajo. Y eso no sólo les da una independencia respecto del poder, sino que les da también un sentido de la realidad, les da garra. Me parece que un escritor subsidiado es un escritor lavado. No por sumisión al poder, que también los hay, sino que se pierde el sentido de la realidad. En la Argentina muchos de mis colegas están poniendo a México como el ejemplo a seguir, pero a mí no me parece tan bueno. No que tenga nada contra México y la riquísima literatura mexicana, pero eso me parece peligroso.

-¿Y qué escritores mexicanos cuenta entre sus influencias, entre sus lecturas tempranas?

Lecturas tempranas no tanto, quizá Payno, Azuela. Los de abajo fue una lectura de adolescencia que me gustó; ahí sí hay garra, hay fuerza, hay un sentido de la realidad. Mis novelas de la revolución favoritas pasaron a ser otras, más del tipo dibujo animado: Se llevaron el cañón para Bachimba, de Rafael F. Muñoz, o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia. Y después, estudiándola más, porque soy un lector ordenado, orgánico, descubrí a mis escritores mexicanos favoritos a la fecha, sobre todo Gerardo Deniz, al que leo y releo. Es un poeta enigma. Quizás hasta más que Trilce de Vallejo. Y Elena Garro, que la adoro. Me parece que como escritora es genial, una de esas que aparecen una vez cada cien años. Creo que es la más grande novelista del siglo xx.

-¿Por su propensión a la fantasía?

Sí, y por otros motivos, por su biografía. Su vida estuvo un poco demasiado cerca de la obra y eso es peligroso, pero en el caso de ella, por una alquimia especial, ese odio, ese resentimiento, resultó en obras maestras como Inés o Mi hermanita Magdalena o Reencuentro de personajes o Y Matarazo no llamó. Joyas, novelas maravillosas. Qué lástima que se murió y dejaron de aparecer libros de Elena Garro. Estoy esperando una buena biografía. Me decía un amigo, Marcelo Uribe, y me lo han dicho otros también, que lamentablemente México no tiene una gran tradición de biografías de escritores. La Argentina tampoco, en eso estamos iguales, y es lamentable. Porque una biografía le sirve mucho al lector. Ordena las lecturas, pone en perspectiva. Los países que tienen gran tradición de lectura, como Inglaterra, tienen también una gran tradición de biografías. Es una pena y es bastante sorprendente que habiendo tanta gente becada en las universidades no hagan ese tipo de investigaciones. Aunque sea de vez en cuando, uno de cada cien que escriba una biografía. No puede ser que grandes escritores no tengan su biografía.